Receta espiritual para alcanzar la santidad

En la empresa donde trabajo, un compañero se ha prejubilado recientemente (todavía relativamente joven y con salud). Sin embargo, de ser un trabajador totalmente activo, atareado y eficiente, ha pasado a ser una persona desocupada, ociosa e inactiva. Su tarea se limita ahora a leer algún que otro libro y cuando se cansa ya no tiene nada que hacer… Ve pasar las horas, está desanimado, se siente un inútil, pues el fruto que daba ya no lo da. En tan solo seis meses que lleva retirado ya ha caído en la depresión y en el desaliento. Ya no tengo contacto con él. Pero me preguntaba cómo podría cambiar su situación si leyera el evangelio… Seguro que su vida sería transformada y daría fruto abundante para el Señor, ya no para una empresa. ¡Cómo me hubiera gustado que este compañero hubiera conocido al Señor y fuera también participante de la naturaleza divina! Esta reflexión, no obstante, me llevó a preguntarme si nosotros, los cristianos, somos realmente partícipes de la naturaleza de Dios.
El apóstol Pedro, en su segunda carta (2 P 1:1-2), se dirige “a los que habéis alcanzado una fe igualmente preciosa que la nuestra”, es decir, ¡a nosotros!, y nos desea que la “Gracia y la paz nos sean multiplicadas en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesucristo”. Es interesante observar que si hay una frase que se repite en este primer capítulo de la segunda carta de Pedro es: “conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (vv. 2, 3, 5, 6, 8, 19).
En esta línea de pensamiento, para llegar a ser partícipes de la naturaleza de Dios, es decir, para poder llegar a ser alguien implicado e integrado en las cualidades y en el carácter de Dios, el apóstol Pedro nos ofrece una receta espiritual compuesta por siete ingredientes básicos (2 P 1:5-7), siete cualidades cristianas –repartidas en tres niveles– que yo os deseo, queridos lectores, para este nuevo año que comienza:
 
1. NIVEL “PRINCIPIANTE”
La FE ya la hemos alcanzado. Como el valor que se le supone al soldado, todo creyente tiene fe. La fe es un “don de Dios” (Ef 2:8). “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, obteniendo la meta de su fe, que es su salvación” (1 P 1:8-9). La fe, por tanto, es la piedra angular del cristianismo. Sin fe no tenemos lugar para con Dios.
La VIRTUD no solo significa ser personas de buena conducta y buen comportamiento; significa también tener capacidad para obrar y surtir efecto. Cuando Moisés escogió jueces para Israel, “escogió de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez” (Éx 18:21).
El CONOCIMIENTO es la virtud de entender y juzgar las cosas; es tener conciencia y sentido de la realidad. Con el conocimiento se adquiere sabiduría, entendimiento, inteligencia, razón y discernimiento. El profeta Isaías nos cuenta que, “el pueblo de Israel no miró la obra de Jehová, ni consideró la obra de sus manos. Por tanto, fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed” (Is 5:12-13). Y un proverbio nos dice: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios” (Pr 2:1-5).
 
2. NIVEL “AFICIONADO”
El DOMINIO PROPIO es otra virtud. Es la capacidad que tenemos de controlar nuestras emociones y no que éstas nos controlen a nosotros. En Gálatas 5:23 se refiere al dominio propio como “mansedumbre y templanza”. En resumen, el dominio propio es tener ‘control’ sobre uno mismo, y tener el ‘control’ significa que tenemos ‘poder’. Esto mismo le estaba comunicando Pablo a Timoteo cuando le decía que, “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Ti 1:7).
El dominio propio produce PACIENCIA. Muchas veces he escuchado que esta palabra proviene de ‘paz’ y de ‘ciencia’, pero esto no es así. ‘Paciencia’ proviene del latín (‘pati’), que significa ‘sufrir’ (la palabra ‘paciente’ tan usada en los hospitales significa ‘el que sufre’). Por tanto, la paciencia es otra virtud del ser humano que le permite afrontar dificultades y contratiempos. No hace falta acudir a un texto bíblico para saber lo que es la paciencia, pues esta virtud está personificada en Jesucristo mismo y en Job. Sin embargo, les dejo un proverbio: “La paciencia puede persuadir al príncipe, y las palabras suaves pueden romper los huesos” (Pr 25:15).
Tener PIEDAD es otra virtud que se desprende de la paciencia. Tener piedad es tener compasión, lástima, clemencia y misericordia hacia una persona que merece un castigo. En otras palabras, tener piedad significa ser bondadoso. De nuevo el apóstol Pablo anima a Timoteo a, “Desechar las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Ti 4:7-8).
 
3. NIVEL “EXPERTO”
En este último nivel es donde se juega la ‘Champions League’ del cristianismo, y al que todo creyente debe aspirar. En su mínima expresión, el AFECTO FRATERNAL tiene como fin al hermano. El afecto fraternal es el deseo del bien de un prójimo que es igual a nosotros. Los hermanos tienen la capacidad de desearse el bien porque ven en el otro un reflejo de sí mismos y esto implica que hay un profundo conocimiento del otro y de sus necesidades. El afecto fraternal comienza cuando uno de los hermanos decide amar primero al otro desinteresadamente. Una lección universal sobre el amor fraternal la encontramos en la primera carta de Juan: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4:20-21).
Por otra parte, se suele decir que el lenguaje universal son las matemáticas o la música ¡No lo creo! Si existe un lenguaje universal, ese debería de ser el AMOR. Si el afecto fraternal tiene como fin al hermano, el AMOR tiene su comienzo en DIOS, porque “Dios es amor” (1 Jn 4:7), y si nosotros somos capaces de amar es “porque Él nos amó primero” (1 Jn 4:19). Es un amor tan grande, tan desprendido, tan generoso, tan caritativo que… “envió a su único Hijo al mundo, para que tengamos vida eterna por medio de Él” (1 Jn 4:9). En este ‘Nivel de Experto’, Dios quiere que amemos con la misma clase de amor que Él nos amó y nos sigue amando (1 Co 13:4-7).
 
El apóstol Pedro hace especial énfasis en que seamos “diligentes” (v.5), es decir, que nos esforcemos al máximo para que estas siete cualidades cristianas abunden en nosotros. Pues, si abundan, seremos productivos y útiles en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo y seremos partícipes de Su naturaleza divina (v.8). Si no abundan, no nos desarrollaremos como cristianos. Seremos espiritualmente débiles, anémicos y raquíticos. Seremos “cortos de vista, ciegos, olvidando que nuestros pecados fueron limpiados” (v.9).
 
Nos toca examinarnos, observarnos y analizarnos nosotros mismos, y averiguar en qué nivel estamos y seguir creciendo. Yo, como Pedro, les hago una promesa: siempre que tenga oportunidad “no dejaré de recordarles estás cosas, aunque las sepáis” (v.12).
D.I.E.
 
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