Recorrido histórico: Auto de Fe por las calles de Sevilla

“Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;  de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:36-39).

 

El capítulo 11 de la carta a los hebreos se hace llamar, no sin razón, el Paseo de la Fama, ya que aparecen nombres como Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, Esaú, José, Moisés, Rahab, Gedeón, David, etc. Son los grandes héroes de la fe. Todos tienen en común que, solo por la fe, alcanzaron gran testimonio porque creyeron al que es fiel y verdadero y prefirieron ser maltratados y sacrificados antes de traicionar a Dios. Pero también este texto se me antoja como profecía para aquellos mártires cristianos (con nombre y apellidos) que muchísimos años después –y durante varios siglos que duró la Inquisición– dieron su vida solamente por confesar verbalmente su fe en Cristo, sellando con su muerte ese testimonio. No los matemos de nuevo, dejándoles en el olvido.

-Desde estas líneas quiero agradecer la ayuda e información a la que ha contribuido especialmente el Teólogo e Historiador Gabino Fernández Campos, a través de su obra “Reforma y Contrarreforma en Andalucía”-

Recorrido histórico: Auto de Fe por las calles de Sevilla

Mientras se narra este capítulo de la intolerancia religiosa, caminaremos desde el antiguo castillo almohade de Triana, sede del Tribunal de la Inquisición, donde tras la prisión, audiencias y tormentos, se dictaban las sentencias; para luego seguir hasta el Prado de San Sebastián, punto para la ejecución de las que condenaban a la muerte en la hoguera. Todo ello podrá ir acompañado de la lectura de documentos de los Inquisidores, originales e inéditos, y de las diferentes opiniones sobre estos hechos de escritores sevillanos, antiguos y modernos. Además de ir identificando los edificios, civiles y eclesiásticos, que fueron testigos.

Para ilustrar como vivieron y sufrieron los protestantes andaluces a mediados del siglo XVI en los famosos Autos de Fe, vamos a reconstruir, a base de la documentación del Tribunal de la Inquisición, los que tuvieron lugar en Sevilla a mediados del siglo XVI.

Con la publicación de los diversos edictos, el de gracia, general de la fe, anatemas, emplazatorio y los que prohibían las más diversas lecturas, se ponía en marcha toda la maquinaria inquisitorial. Si la causa iniciada no se suspendía, ni se despachaba en el seno del Tribunal, terminaba en un Auto de Fe o en el Índice de Libros Prohibidos.

La instrucción 77 de Valdés disponía que “estando los procesos de los presos votados, y las sentencias ordenadas, los Inquisidores acordarán el día feriado en el que se debe hacer el Auto de Fe”.

Al mismo eran invitados los cabildos de la Iglesia y de la ciudad. También eran convidados el Presidente y Oidores de la Audiencia. Tampoco faltaba la invitación para los colegas y personal de otros tribunales del Santo Oficio.

Con un mes de antelación, más o menos, se pregonaba la fecha y las indulgencias con las que se podrían lucrar los asistentes, tanto en la ciudad como por el distrito, que abarcaba aproximadamente las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva. En la plaza de San Francisco y en el Prado de San Sebastián se instalaba la peculiarísima arquitectura efímera. En el primer punto para la parte expositiva de las sentencias y, en el segundo, para la ejecución de los que habían sido entregados a las autoridades seculares.

Nada escapaba a las previsiones de los inquisidores. Como la población aumentaba notablemente por el aluvión de visitantes, se avisaba a los que abastecían a la ciudad de alimentos para que nada faltase. Se dictaban bandos prohibiendo llevar armas durante las fechas del Auto y pidiendo que los vecinos adornasen sus balcones y encendiesen hogueras para iluminar la noche. Durante el día, solo una de las puertas de la ciudad permanecía abierta.

El día anterior tenía lugar una procesión para rogar por la conversión de quienes desfilarían como penitentes pocas horas más tarde. En un relato del que se celebró en 1562, leemos: “Todos los pobres de la ciudad y los de la Compañía de Jesús, con los niños y niñas de la ciudad que tenían para ello edad, anduvieron por las calles haciendo rogativas a Dios por la exaltación de la Santa Madre Iglesia Católica Romana y por la conversión de los que habían de salir al otro día al Auto, y los Niños de la Doctrina, con sus candelas y la cruz delante, anduvieron haciendo lo mismo. Y lo mismo se hizo en muchas iglesias y monasterios”.

Otro detalle, que tenía lugar en la víspera, era la procesión de la Cruz Verde, símbolo del Tribunal, que era trasladada al lugar de honor que le estaba reservado en el tablado donde se celebraría el Auto al día siguiente. Toda la noche permanecía escoltada por numerosos frailes, que cantaban y decían misas hasta la hora de la llegada de los reos.

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Cruz verde, símbolo de la Inquisición

 

Del Castillo de Triana a la Plaza de San Francisco

El tribunal de la Inquisición tenía su sede en la antigua fortaleza almohade de Triana, que se alzaba sobre el lugar que hoy ocupa la Plaza de Abastos del Altozano. Además de las víctimas, vivían allí sus verdugos. Reginaldo González de Montes, en su obra Artes de la Inquisición Española (Heidelberg, 1567), nos cuenta lo que ocurría en este tétrico lugar la noche anterior del Auto: “La víspera del día de la fiesta, ya cerca del anochecer, manda congregar, en una basta prisión o sala, a todos los hombres que al día siguiente han de salir al espectáculo de los diversos géneros de penitencia que no sean de muerte… En otra prisión, de igual forma, congregan a las mujeres. Más a los que han de sufrir la pena de muerte se les reinstala por separado, a cada uno en sendos calabozos; y a las nueve o diez de la noche se les envía a cada uno de ellos un clérigo de misa, que les anuncie su funesta suerte y al mismo tiempo les confiese. Con los resultados de las entrevistas individuales de los confesores se confeccionaba la lista definitiva. Antes de que se levantase el sol, el interior y los alrededores del Castillo se convertían en un hormiguero humano. Poco a poco, todos, víctimas, verdugos y testigos, se iban reuniendo en el Patio de Armas, donde terminará formándose una larga comitiva con dirección al centro de Sevilla.

Maqueta Castillo San Jorge

Maqueta del Castillo de Triana, o de San Jorge

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Callejón de la Inquisición, en la actualidad

Acompañados por un gran número de soldados, que iban abriendo camino, se ponía la comitiva en marcha. Nada más salir de la fortaleza, cruzaban el río Guadalquivir por el Puente de Barcas (sustituido hoy por uno de hierro, el Puente de Triana o de Isabel II).

Torre del oro_Castillo de Triana_Puente de Barcas. Grabado frances_mediados siglo XVIITorre del Oro, Castillo de Triana y Puente de Barcas. Grabado francés de mediados del siglo XVII

Puente de Barcas_1170-1850

Puente de Barcas, desde 1170 a 1850. Estaba situado en el mismo lugar donde se encuentra ahora el puente de Triana o de Isabel II. Constaba de 11 barcos encadenados.

 

Atravesando el Arenal, entraban en Sevilla por la Puerta de Triana. Giraban a la derecha por la calle Pajería (hoy calle Zaragoza) hasta llegar al arquillo de Atocha (desaparecido). Y tras enfilar por Pintores (hoy Joaquín Guichot) llegaban a la Plaza de San Francisco.

Puerta de Triana_mediados siglo XIXPuerta de Triana. Situada entre las calles Reyes Católicos y Zaragoza. Fue derribada en 1868.

Plaza San Francisco_1849

Foto Plaza de San Francisco en 1849. Testigo de importantes sucesos y ejecuciones

Auto de Fe en la Plaza San Francisco de Sevilla en 1660. A la derecha, las arcadas del Ayuntamiento, realizadas por Hernán Ruiz, las cuales desaparecieron en el siglo XIX

Auto de Fe en la Plaza de San Francisco de Sevilla en el año 1660. A la derecha las arcadas del Ayuntamiento, realizadas por Hernán Ruíz, las cuales desaparecieron en el siglo XIX

Iglesia de la Magdalena_antiguo convento dominico_primera sede de la inquisicion en Sevilla

Parroquia de la Magdalena, antiguo convento dominico de San Pablo el Real, primera sede de la Inquisición en Sevilla

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El suplicio de Diego Duro por Lucas Valdés en la Parroquia de la Magdalena

Lecturas de las sentencias

Al llegar al lugar, preparado al efecto en la Plaza de San Francisco, escuchaban el Sermón de la Fe. El 24 de septiembre de 1529 lo dio Gonzalo Millán, consultor del Santo Oficio y Administrador del Hospital del Cardenal. Se basó en un texto de Cantar de los Cantares del rey Salomón que dice: “Cazarnos las raposas pequeñas, que echan a perder las viñas” (Cantares 2:15). Referencia bíblica que, curiosamente, figuraba en una inscripción que había en la portada principal del Castillo de Triana, desde que se instalaron allí los inquisidores.

En el recinto, previamente, habían sido levantados dos tablados (también llamados teatros), uno frente al otro. Y ambos en forma de pirámide. Uno de ellos era ocupado por los Inquisidores, familiares e invitados de honor. El 22 de diciembre de 1560, “se hallaron presentes los señores obispos de Tarazona y Canarias, y los señores condes de Olivares y Gelves y del Castellar, y la excelente duquesa de Béjar con el marqués de Gibraleón, su hijo, y D. Fernando Enrique de Rivera, hermano del duque de Alcalá y otros muchos caballeros. Naturalmente, también estaba el asistente, D. Francisco Chacón, conde de Casarrubios”.

El otro tablado, también conocido como “media naranja”, era ocupado por los penitentes; quienes aparecían sentados según la gravedad de las penas que le habían impuesto, correspondiéndoles los últimos asientos a los que serían quemados vivos. A los lados se colocaban las estatuas de quienes habían muerto antes de concluir el proceso o habían conseguido huir.

Luego destacaba el altar sobre el que estaba la Cruz Verde, cubierta de un velo negro transparente, tal y como había desfilado por las calles de la ciudad. Y en otro punto se alzaba el estandarte del Santo Oficio. También formaban parte del conjunto los púlpitos, desde donde se daba el Sermón de la Fe y eran leídas las sentencias.

Ya todos instalados, “estando todo el concurso de pie y con la mano derecha levantada y en ella formada con los dedos la señal de la cruz” todos juraban colaborar y defender al Tribunal y sus Ministros.

Nadie era relevado de tal sumisión, ni siquiera el Rey. De la sinceridad con que prestaban el juramento puede ser un ejemplo la madre de Blanco White, mujer atormentada ante la incompatibilidad de su compromiso con la Inquisición y su amor materno.

El texto de las sentencias, a veces extremadamente largo (en cierta ocasión se tardaron más de tres horas en leer la de una sola persona), se componía de dos partes. En la primera, se resumía el proceso, destacando los cargos más punibles para el Tribunal, y en la segunda se daba el fallo, con un nuevo y más breve resumen de la causa y la pena que le asignaban.

Si se trataba de casos que pasaban a los ejecutores civiles, se consignaba aquella equívoca frase de “a los cuales muy encarecidamente rogamos y encargamos que se hallan misericordiosamente con el susodicho…”

Los sacerdotes eran degradados por un obispo vestido de pontifical. Primero les despojaba de las vestiduras eclesiásticas y luego, con un vidrio o cuchillo muy fino, les raía las manos, labios y tonsura, “dando a entender que se les quita el óleo con que fueron ungidos”.

Y tras cantar el Salmo “Miserere mei Deus”, eran recibidos por las autoridades seculares, quienes, cumplidas las formalidades de rigor, se los llevaban al Quemadero, acompañados de los Niños de la Doctrina y por los frailes, que les pedían que se confesaran. Generalmente eran trasladados en burro, sentando al revés a los más “pertinaces”.

Los que habían recibido penas menores continuaban en la Plaza y eran objeto del resto del ritual, en el que no faltaba la ceremonia de la flagelación con las varitas de mimbre. Solía anochecer antes de que terminaran, por lo que se tenían previstas multitud de hachas de cera, que se sumaban al “alumbrado” público y a las candelas que los vecinos habían instalado provisionalmente, a requerimiento del Tribunal, en sus propios balcones.

Se puede concluir este apartado con el final del relato del Auto particular de Fe celebrado en el Convento de San Francisco de la ciudad de Sevilla el domingo 28 de octubre de 1703: “Prosiguiendo el Auto sin intermisión de tiempo y terminadas de leer las causas de los que habían de ser admitidos a reconciliación, se hizo la absolución y se descubrió el altar y se le quitó el velo negro a la Cruz. Y se dijo la misa como es estilo. Los reos volvieron por las mismas calles (es decir, Monteros, Cruz del Negro, calle de los Colcheros, Ancha de la Magdalena y Puerta de Triana) que habían venido. Y detrás, en sus coches, los Señores Inquisidores, en la forma que habían venido; yendo detrás de una Compañía de soldados que estuvo siempre a la puerta del Convento”. Este relato sirve para conocer lo que ocurría con los “luteranos” que no fueron entregados a las autoridades civiles.

 

Catedral y Giralda

La Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla es la catedral gótica cristiana con mayor superficie del mundo. En ella aún perduran tres referencias relacionadas con el Protestantismo: el Púlpito del Patio de los Naranjos, una vidriera dedicada a la Resurrección de Jesús y la Biblioteca Capitular y Colombina.

catedral de sevilla

Catedral de Sevilla

Patio de los Naranjos

Patio de los Naranjos en la Catedral de Sevilla

Pulpito_Patio de los naranjos

Púlpito en el Patio de los Naranjos del siglo XVII. Bajo éste una lápida nos informa que desde allí predicaron personajes de la importancia de San Vicente Ferrer, San Francisco de Borja, el Beato Diego José de Cádiz, o el Beato Juan de Ávila.

Tiempo atrás, acompañaba a la Giralda un texto latino que, en castellano, decía que se levantó para certificar que, en 1568, estaban “vencidos y muertos los enemigos de la Iglesia de Roma”. Curiosamente, una de las ochenta y tres vidrieras de la Catedral de Sevilla, la dedicada a la Resurrección de Jesús, se debe a Carlos de Brujas, uno de los protestantes quemados el 24 de septiembre de 1559.

Debemos celebrar que los Inquisidores no la mandaran destruir, como hicieron con su creador o las casas donde se reunían para escuchar la Palabra de Dios y adorarle en espíritu y verdad (Juan 4:24). Así, hoy, cinco siglos después, podemos recordar el valor y la fe cristocéntrica de los protestantes sevillanos. Se encuentra en el crucero, lado del Evangelio.

Vidriera Resurreccion de Jesus por Carlos de Brujas_Catedral de Sevilla

Vidriera de la Resurrección de Jesús en la Catedral de Sevilla obra de  Carlos de Brujas 1558, quemado por luterano

En el Quemadero del Prado de San Sebastián. Puerta de Jerez

Se tenía mucho cuidado de que la quema tuviera lugar antes del anochecer. Pero si era verano se evitaban las horas más calurosas. No deja de ser irónico lo que se nos cuenta del Auto del 25 de julio de 1720: “Por la mucha calor que hacía se difirió el garrote para las seis de la tarde”.

Esta segunda etapa del recorrido la recordaremos con los nombres de las calles actuales. Desde la Plaza de San Francisco, seguían por la Avda. de la Constitución, torcían por Alemanes y, tras rodear la Giralda y pasar entre los Reales Alcázares y el Archivo de Indias, desembocaban en la Puerta de Jerez (que se alzaba en la actual Plaza de Calvo Sotelo), por la calle de San Gregorio. Ya en campo abierto, la comitiva de penitenciados y su acompañamiento encaminaban sus pasos al lugar donde los primeros serían pasto de las llamas.

La Puerta de Jerez, que hasta ese momento había permanecido cerrada, dejó caer su “compuerta de picas muy largas y no delgadas de hierro, la cual compuerta –nos cuenta Peraza– si le sueltan el tomo cae muy recia y se hinca en la tierra”.

Puerta de Jerez_1850Puerta de Jerez 1850

Camino del quemadero, con la catedral al fondo

 Camino del Quemadero, con la Catedral al fondo

El Quemadero  fue construido tempranamente y permaneció hasta 1809. El lugar elegido estaba fuera del recinto amurallado de la ciudad y próximo al lugar donde se alzaba la horca pública. Era un punto de referencia suficientemente notable para que reparasen en él los que trazaron los distintos planos de la ciudad. Así puede verse marcado en el plano de F. Galofre Oller, siglo XVI, y en el de Olavide, siglo XVIII. Partiendo de este último y “con ayuda de la escala en varas castellanas de dicho plano, es fácil determinar el sitio donde estuvo el cadalso, probablemente a espaldas del actual Pabellón de Portugal”. Parecía una mesa de mampostería con las patas para arriba. Estos salientes recibieron el nombre de los Cuatro Profetas.

Los que se arrepentían eran estrangulados antes de ser encendida la hoguera. Este tratamiento recibió fray Josep Díaz Pimientas. “Diéronle garrote, y con ligereza murió a media vuelta, sin menear los pies. Luego le pusieron el Capotillo y Coroza, con el cual fue quemado, y duró el consumirse hasta el alba, siendo de advertir que no causó mal olor como sucede con otros”.

Desde su creación hasta hace pocos años, la Feria de Abril se ha celebrado en el mismo lugar donde había estado el Quemadero. “Produce escalofríos –escribe Francisco Aguilar Piñal– el pensar con cuanta inconsciencia se han divertido tantas generaciones en aquel auténtico cementerio, sobre las cenizas de cientos de ajusticiados”.

 

El auditorio

Los Autos Públicos de Fe eran seguidos por una inmensa muchedumbre que recorría con ellos las calles, escuchaba las sentencias y veía como se ejecutaban. Del celebrado el 24 de septiembre de 1559, Gaspar Zamora dice que “habiéndose pregonado este dicho auto un mes antes… concurrió a verlo grande multitud de forasteros así de Castilla la Nueva y Vieja, como de otras partes”. Y un relato contemporáneo precisa que “tres días antes empezaron a venir y fue tanta la que vino que en toda la ciudad no hallaban posadas y de necesidad se salieron al campo. Y desde el Castillo de Triana hasta el Arenal todo fue lleno de andamios donde estaba gran copia de gente”. En el mismo documento dice que, alrededor de la Plaza de San Francisco, había “muchos andamios donde estaba grande multitud”. Los espectadores se agolpaban en las calles y se disputaban los mejores asientos en los tablados. Había tantos interesados, que se comerciaba con los balcones que ofrecían mejor visibilidad. Y cuando el Auto se celebraba dentro de una iglesia, se controlaba el paso mediante la entrega del boleto previamente entregado.

Las autoridades y personalidades (religiosas o civiles), que contaban con asientos preferentes en el lugar de la lectura de las sentencias, no presenciaban su ejecución en el Quemadero. Autores y pintores, mal informados o de malas intenciones, han presentado lo contrario; equivocando a no pocos. Buenos ejemplos tenemos de ello en el cuadro de Ricci, sobre el Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid, y en el óleo anónimo dedicado a un Auto de Fe en la Plaza de San Francisco de Sevilla.

Es posible que el deseo de lucrarse con las indulgencias que se ofrecían a los asistentes al pregonar el Auto, o el temor de que su no comparecencia se pudiera interpretar como falta de apoyo al Santo Oficio, no fuera suficiente para explicar el numeroso concurso de gente que reunían. Otras poderosas razones pudieran ser el deseo de comprobar si un familiar desaparecido, en algunos casos años atrás, desfilaba, y con qué insignia, delatora del castigo que se le había impuesto. Tampoco faltaban los que deseaban ver consumado su celo, o venganza, contra el “hereje” que denunciaron. A todos se les prohibía hablar o hacer señas a los penitentes. Y, a partir de 1559, se cuidó que nadie tomara nota escrita de lo que escuchaba o veía. 

 

La congregación de Sevilla

Juan Gil, conocido como doctor Egidio –como fue el caso de Agustín Cazalla– se formó en la universidad de Alcalá de Henares, siendo doctor en Teología. Allí conoció a Constantino Ponce de la Fuente y al doctor Vargas. Gil fue canónigo de la Catedral de Sevilla y sus contactos con Rodrigo de Varela, un “alocado” predicador del Evangelio que en 1540 tuvo sus primeros enfrentamientos con las cárceles inquisitoriales, le encaminaron definitivamente hacia la propagación de las nuevas ideas.

En 1550 Juan Gil fue denunciado y detenido por el Tribunal de la Inquisición de Sevilla, siendo procesado y condenado a tres años de prisión y diez de inhabilitación. Obligado a abjurar de sus proposiciones, abandonó la cárcel en 1555 aunque no sus ideales protestantes. En el Auto de Fe celebrado en Sevilla el 22 de diciembre de 1560 fue acusado de “hereje luterano” y fueron quemados sus restos ya que Gil había muerto en 1556.

Constantino Ponce de la Fuente fue detenido en agosto de 1558 –murió en prisión dos años más tarde– y quemado en estatua en el mismo Auto de Fe que Gil. Gran orador y predicador, capellán de Carlos V y catedrático de Teología en el Colegio de la Doctrina de Sevilla, fue autor de la obra titulada Summa de doctrina christiana que contenía ya una difuminada exposición sobre los grandes temas protestantes como la justificación por la fe, indulgencias, purgatorio, etc.

El monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en Santiponce, puede ser considerado como el lugar donde caló de manera más profunda las ideas reformistas de Gil, Ponce y Vargas. Su prior, García Arias, conocido por el doctor Blanco debido a su albinismo, promovió cambios sustanciales en el culto suprimiendo así las oraciones por los muertos, el culto a las imágenes e introduciendo la lectura de las Escrituras como base de cualquier ceremonia litúrgica. La difusión entusiasta de sus convicciones alcanzó pronto otros monasterios y conventos y ante una inminente actuación del Santo Oficio, muchos religiosos de San Isidoro huyeron a Ginebra (Suiza) como Casiodoro de Reina (autor de la primera traducción de la Biblia a la lengua castellana, conocida como Biblia del Oso) y Cipriano de Valera (revisor de la Biblia de su paisano), mientras que los que optaron por permanecer fueron detenidos en 1557 y procesados. García Arias, Cristóbal de Arellano, Juan Crisóstomo, Juan de León y el padre Morcillo, fueron condenados a muerte y ejecutados, convictos de herejía luterana, en el Auto de Fe celebrado en Sevilla el 24 de septiembre de 1559. En ese mismo Auto de Fe morían en la hoguera Juan Ponce de León, el sacerdote y predicador Juan González y dos de sus hermanas y Cristóbal Losada. A garrote lo hacían la joven María de Bohórquez, María de Virués e Isabel de Baena. En efigie fue quemado el licenciado Zafra, que había logrado huir de la cárcel inquisitorial tras su detención en 1557.

El segundo de los Autos de Fe en el que fueron penitenciados los reformados de Sevilla, tuvo lugar el 22 de diciembre de 1560 y reunió al resto de los integrantes más destacados de esta congregación. Junto a la efigie de Gil y Ponce de la Fuente fue quemada la de Juan Pérez de Pineda, que había logrado huir fuera de España nada más desatarse las persecuciones en Sevilla. Otro fraile del monasterio de San Isidoro, Juan Sastre, fue quemado en la hoguera junto con Ana de Rivera, Francisca de Chaves, monja del convento de Santa Isabel y Francisca Ruíz. También fue condenada al Quemadero María Gómez, denunciante de muchos de los reformados sevillanos, y parte de su familia: junto a ella sufrieron relajación sus hijas Elvira, Lucía y Teresa y su hermana Leonor Gómez.

En este mismo Auto de Fe fue proclamada la inocencia de Juana de Bohórquez, hermana de María de Bohórquez, que había muerto en prisión después de ser detenida y sometida a tortura por el Santo Oficio.

Especial mención merece el caso de Julián Hernández, Julianillo, personaje de gran trascendencia no solo por su pertenencia al movimiento reformador andaluz sino por el importante papel desempeñado en el tránsito de libros prohibidos desde Ginebra y otros lugares de Europa hasta España. Julián Hernández, arriero de profesión, conducía un carro cargado de toneles dentro de los cuales escondía las publicaciones censuradas. Fue detenido por la Inquisición en Adamuz (Córdoba) y pasó tres años en los calabozos del Castillo de Triana antes de ser sentenciado a relajación en el Auto de Fe del  22 de diciembre de 1560, en el que murió quemado en la hoguera.

Monasterio de San Isidoro del Campo_SantiponceMonasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, Sevilla. Próximo a las ruinas romanas de Itálica

 

La última hoguera de la Inquisición: María Dolores López

A las 8 de la mañana del 24 de agosto de 1781 las puertas del Castillo de San Jorge se abrieron de par en par. Un halo de silencio se extendió entre la multitud que se concentraba entre el Altozano y el Convento de San Pablo desde altas horas de la madrugada. Se dice que había llegado tanta gente, procedente de pueblos cercanos, que el ejército tuvo que intervenir para que no se hundiera el Puente de Barcas ante tanto peso.

Una Cruz de negro luto abría el fúnebre cortejo, encabezado por el clero parroquial de la iglesia de Santa Ana; tras ellos marchaban los miembros de la Hermandad de San Pedro Mártir y, a continuación, un amplio séquito de religiosos, lo más granado de la sociedad eclesial sevillana.

De repente, bajo el dintel del portón, subida en un asno, aparecía una mujer de tez oscura y aspecto descuidado ataviada con un sambenito de color blanco. A pesar de su evidente ceguera, de su avanzada edad y de estar flanqueada nada más y nada menos que por D. Rui Díaz de Rojas, alguacil mayor de la Inquisición y por D. Sebastián Morón, alcaide de las Cárceles, la vieja no dejaba de proferir graves insultos hacia todos los presentes, como si la suerte que estaba a punto de correr le fuera indiferente. Su nombre era María Dolores López, más conocida como “la beata ciega”. La noche del 16 de julio de 1779 fue detenida por la Inquisición debido a su conducta “lasciva y libertina”, mientras se encontraba en su casa de la calle Dados, hoy Puente y Pellón, donde vendía huevos al vecindario. Desde entonces, dos largos años había estado confinada en las mazmorras del Castillo de San Jorge.

Entre gritos y murmuraciones, llegó sobre las 9 de la mañana la beata Dolores a las puertas del Convento de San Pablo, donde le esperaba el Tribunal de la Santa Inquisición. Se cuenta que en ningún momento se retractó ni desmintió las acusaciones formuladas sobre ella por el fiscal sobre su pertenencia a la herética secta de Los Molinos (relacionada con el quietismo, movimiento místico surgido en el seno de la Iglesia Católica propuesto por el sacerdote Miguel de Molinos).

Al filo de la una del mediodía el caso estaba visto para sentencia: en primer lugar la beata sería excomulgada, después serían confiscados todos sus bienes y por último trasladada a la Plaza de San Francisco, donde le esperaba la hoguera. Este ambiente, cruel y salvaje dejó marcado de por vida a un niño de corta edad que presenció horrorizado los sucesos, José María Blanco White (1775-1841), periodista, teólogo y sacerdote católico –le repugnaba el fanatismo de la Iglesia Católica y nunca perdonó a ésta confesión– como recordará años más tarde desde la lejana Inglaterra.

Pero al enfilar la calle Tetuán, entonces Colcheros, la beata Dolores, cambia su actitud altiva y desafiante y comienza a llorar e implorar perdón. Los improperios escuchados durante toda la mañana se tornaron en llantos desconsolados solicitando clemencia, sobre todo cuando es leída la sentencia para ser quemada viva. Pero nada se podía hacer ya pues las leyes eran inflexibles para los condenados. Lo único que se le pudo ofrecer a la ahora arrepentida beata es cambiar la hoguera por el garrote vil, una muerte más rápida y menos dolorosa. Además, como medida de gracia, tendría la oportunidad de confesarse en la Capilla de la Cárcel Real, esquina de calle Sierpes, durante tres horas y así prepararse para recibir su destino final, completamente inevitable.

A las 5 de la tarde, ante una muchedumbre expectante y soportando las altas temperaturas estivales de Sevilla a la beata Dolores solo le queda cumplir la condena y morir. Tundidores, Alcaicería de la Seda (hoy Hernando Colón), Gradas de la Catedral (Alemanes), Borceguinería (Mateos Gago) el cortejo fúnebre marcha camino del Prado de San Sebastián, hasta un tétrico paraje conocido como Quemadero de la Inquisición donde llevaban ardiendo reos desde el siglo XV.

De esta manera el garrote vil pone fin a la existencia de María Dolores López, arrojando posteriormente el verdugo su cuerpo a la hoguera en la que ardió hasta las 9 de la noche. No sabía ella, y posiblemente ninguno de los asistentes, que ésta sería la última persona ajusticiada en Sevilla por el Tribunal de la Inquisición, que permanecerá vigente algunas décadas e incluso condenará a nuevos herejes, pero con sentencias “más livianas” tales como azotes o destierros. La pena capital se cobrará así un último tributo con la vida de la desdichada beata ciega, siendo su hoguera la última que se encienda en el siniestro y “olvidado” Quemadero de la Inquisición sevillano.

Cruz de la Inquisicion, junto al Ayuntamiento, recuerdo de los autos de fe celebrados en la Pza. S. FranciscoCruz de la Inquisición, junto al Ayuntamiento, recuerdo de los Autos de Fe celebrados en la Plaza de San Francisco

Algo de la historia posterior

Otros lugares donde también se celebraron Autos de Fe, en Sevilla, fueron las Gradas de la Catedral, Capilla de San Jorge (en el Castillo de Triana), Parroquia de Santa Ana, Real Convento de San Pablo (actual Iglesia de la Magdalena), Iglesia de San Marcos, Convento de San Francisco (contiguo al Ayuntamiento, hoy desaparecido) y Parroquia de San Vicente Mártir.