Efeso

Ciudad de Lidia, en la costa occidental de Asia Menor, a mitad de camino entre Mileto al sur y Esmirna al norte. Ciudad profundamente religiosa, siendo sus habitantes adoradores de Diana, la diosa de la fertilidad (llamada por los griegos Artemisa) que representaba a una diosa madre cuyo torso estaba totalmente cubierto de pechos. Se construyeron para ella tres santuarios (el primero data del siglo VIII a.C.) y dos hermosos templos.

El primer templo se comenzó sobre el año 550 a.C., fue dedicado en 430 a.C. y fue incendiado en 356 a.C., en la misma noche del nacimiento de Alejandro Magno. La construcción del último templo tomó más de 30 años. Cuando se terminó en el año 323 a.C., era el edificio más esplendido del mundo griego y era aclamado como una de las siete maravillas del mundo antiguo. Inmensamente suntuoso llegó a ser mejor conocido por la imagen de Diana, la cual se le decía a los credulos que había bajado del cielo:

“Entonces el escribano, cuando apaciguó a la multitud, dijo: «Efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter?” (Hechos 19:35)

En el año 190 a.C. los romanos, al vencer a Antíoco el Grande en Magnesia, le arrebataron Éfeso, dandola a Eumeno II, rey de Pérgamo. A la muerte de Atalo III rey de Pérgamo en 133 a.C., Éfeso volvió a manos romanas. Tiberio la reconstruyó después del terremoto sufrido el 29 d.C.

Apolos (Apolonio o Apolodoro), predicó en Éfeso:

“Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, hombre elocuente, poderoso en las Escrituras”. (Hechos 18:24)

Al finalizar el apóstol Pablo su segundo viaje misionero, de camino a Jerusalén, hizo una breve visita a Éfeso, y predicó en su sinagoga, dejando a Aquila y Priscila en dicha ciudad, para que ellos prosiguieran con la obra

“Pablo permaneció allí muchos días. Luego se despidió de los hermanos y navegó a Siria, junto con Priscila y Aquila. En Cencrea se rapó la cabeza, porque tenía hecho voto. Llegó a Éfeso y los dejó allí; y entrando en la sinagoga, discutía con los judíos. Estos le rogaban que se quedara con ellos más tiempo, pero él no accedió,” (Hechos 18:18-20)

Pablo trabajó aquí durante 3 años, y puso el fundamento para la iglesia cristiana más fuerte del primer siglo. Tanto que los que habían creido en la magia quemaron sus libros:

“Muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su valor, hallaron que era de cincuenta mil piezas de plata. Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor”.(Hechos 19:18-20)

Y el culto a Diana disminuyó hasta que Demetrio, el platero, provocó un alboroto contra Pablo:

“Hubo por aquel tiempo un disturbio no pequeño acerca del Camino, porque un platero llamado Demetrio, que hacía de plata templecillos de Diana, daba no poca ganancia a los artífices; a los cuales, reunidos con los obreros del mismo oficio, dijo: –Sabéis que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; pero veis y oís que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, ha apartado a mucha gente con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos. Y no solamente hay peligro de que este nuestro negocio venga a desacreditarse, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada y comience a ser destruida la majestad de aquella a quien venera toda Asia y el mundo entero. Cuando oyeron estas cosas se llenaron de ira, y gritaron, diciendo: «¡Grande es Diana de los efesios!» La ciudad se llenó de confusión, y a una se lanzaron al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo. Pablo quería salir al pueblo, pero los discípulos no lo dejaron. También algunas de las autoridades de Asia, que eran amigos suyos, le enviaron recado rogándole que no se presentara en el teatro. Unos, pues, gritaban una cosa y otros otra, porque la concurrencia estaba confusa y la mayoría no sabía por qué se habían reunido. De entre la multitud sacaron a Alejandro, empujado por los judíos. Y Alejandro, pidiendo silencio con la mano, quiso hablar en su defensa ante el pueblo. Pero cuando se dieron cuenta de que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: «¡Grande es Diana de los efesios!» Entonces el escribano, cuando apaciguó a la multitud, dijo: «Efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter? Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente, porque habéis traído a estos hombres, que no son sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa. Que si Demetrio y los artífices que están con él tienen pleito contra alguno, audiencias se conceden y procónsules hay; acúsense los unos a los otros. Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se puede decidir, pues hay peligro de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, ya que no existe causa alguna por la cual podamos dar razón de este alboroto. Y habiendo dicho esto, despidió la asamblea”. (Hechos 19:23-41)

A medida que el cristianismo avanzó, el culto a la diosa Diana declinó. En el año 262 d.C., su templo fue saqueado e incendiado por los godos, y finalmente fue abandonado después del edicto de Teodosio, que cerró los templos paganos. Posteriormente, la ciudad sufrió plagas de paludismo y debido a las riadas sus edificios quedaron sepultados bajo el lodo.

Bajo la dirección del arquitecto J. T. Wood, comenzaron las excavaciones en Éfeso en mayo de 1863 hasta 1874, cuyo objetivo era localizar el templo de Diana. Un día, mientras excavaba en el teatro, descubrió una inscripción romana que narraba cómo las imagenes de Diana eran llevadas del templo al teatro cada cumpleaños de la diosa, y cómo la procesión entraba a la ciudad por la puerta de Magnesia y salía por la puerta de Coresia. Cuando él encontró estas puertas pudo descubrir la calle que conducía al templo. El Instituto Austriaco de Arqueología comenzó a excavar en 1898, y por más de 30 años llevaron a cabo minuciosas excavaciones que les permitieron tener una idea general de la ciudad. Hallaron que los muros de la ciudad de Éfeso medían casi 8 km de largo, y que encerraban una extensión de más de 400 hectáreas. Sus calles, algunas de 11 mt de ancho, estaban adoquinadas de mármol y flanqueadas por columnatas.

El templo estaba construido sobre una enorme plataforma de 71 x 127 mt, mientras que el templo mismo medía 50 x 104 mt. Su techo descansaba sobre 127 columnas jónicas de 1,8 mt de diámetro y de 18 mt de altura. En medio de la ciudad se encontraba el ágora o plaza de mercado donde estaba situado un reloj de agua y sol.

Al noroeste del ágora, los excavadores desenterraron un anfiteatro con filas de asiento para 24.000 personas, donde muy posiblemente Demetrio desencadenó el alboroto contra Pablo como consecuencia de la disminución de la venta de templecillos de plata de Diana.

Al norte de este anfiteatro, cerca de la puerta de Coresia, se encontró el estadio antiguo donde se llevaban a cabo juegos, combates de gladiadores, etc. Pablo podría haber luchado con fieras alli (o es en sentido figurado), según se desprende de 1ª Corintios 15:32

“Si como hombre batallé en Éfeso contra fieras, ¿de qué me sirve? Si los muertos no resucitan, «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos»”.

Otros descubrimientos incluían una bella casa de baño, una estupenda biblioteca, una basílica de gran tamaño dedicada a “San Juan el Teólogo”, la “Catacumba de los siete durmientes”, una estatua del emperador Domiciano, persegidor de cristianos, quien desterró al apóstol Juan a la isla de Patmos. Ninguna ciudad ha sido tan minuciosamente excavada como Éfeso, arrojando importante información sobre las epístolas de Pablo y los escritos de Juan, especialmente sobre las siete iglesias del Apocalípsis:

“«Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea»”. (Apocalípsis 1:11)