Filipos

Ciudad de Tracia, en la Macedonia Oriental, hoy llamada Kavalla. Debe su nombre a Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Esta ciudad estaba estrategicamente situada sobre la via Ignaciana; que corría de este a oeste entre Roma y Asia, y sirvió como punto de partida para Alejandro Magno cuando comenzó su campaña militar para conquistar el mundo.

La Escuela Francesa de Atenas ha excavado en este lugar desde 1914 hasta 1938. Se desenterraron el Foro de 92×46 mt, la plaza del mercado, el anfiteatro, una biblioteca y un podio rectangular que servía como tribuna para los oradores. Hay que hacer mención especial al descubrimiento de los cimientos de una gran puerta abovedada que se entendía sobre la via Ignaciana. Muchos estudiosos creen que Pablo y sus acompañantes salieron por esta puerta de camino a la orilla del río, donde le predicaron el Evangelio al grupo de oración. El único río en las cercanias de Filipos esta aproximadamente a 1 km al oeste de esta puerta.

“y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia. Estuvimos en aquella ciudad algunos días. Un sábado salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración. Nos sentamos y hablamos a las mujeres que se habían reunido”. (Hechos 16:12-13)

Fue la primera ciudad de Europa visitada por el apóstol Pablo, sobre el año 52 d.C. Su predicación tuvo como resultado la conversión de Lidia y otros:

“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo. El Señor le abrió el corazón para que estuviera atenta a lo que Pablo decía, y cuando fue bautizada, junto con su familia, nos rogó diciendo: –Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, hospedaos en mi casa. Y nos obligó a quedarnos”. (Hechos 16:14-15)

Cuando Pablo y Silas echaron de una joven un espíritu de adivinación, se ocasionó un tumulto y fueron azotados y encarcelados; esto llevó a la conversión del carcelero:

“Aconteció que mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. Esta, siguiendo a Pablo y a nosotros, gritaba: –¡Estos hombres son siervos del Dios altísimo! Ellos os anuncian el camino de salvación. Esto lo hizo por muchos días, hasta que, desagradando a Pablo, se volvió él y dijo al espíritu: –Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora. Pero al ver sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades. Los presentaron a los magistrados y dijeron: –Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos. Entonces se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarlos con varas. Después de haberlos azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardara con seguridad. El cual, al recibir esta orden, los metió en el calabozo de más adentro y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Se despertó el carcelero y, al ver abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Pero Pablo le gritó: –¡No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí! Él entonces pidió una luz, se precipitó adentro y, temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas. Los sacó y les dijo: –Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: –Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa”. (Hechos 16:16-32)

Ninguna comunidad ha sido tan querida del apóstol Pablo como Filipos. Ella fue en el suelo de Europa su primer amor, “su gozo y su corona”. “Dios me es testigo como os amo a todos vosotros del fondo del corazón”, escribía a los filipenses (Filipenses: 1:7-8)