Jericó

La primera ciudad conquistada por los israelitas bajo el mando de Josué y conocida antaño como la ciudad de las palmeras, es ahora un montículo de tres hectareas llamado Tell es-Sultán, situado al lado del manantial conocido como la Fuente de Eliseo, en la parte inferior de la cuesta que conduce a la montañosa meseta de Judá.

Este monticulo fue excavado por Charles Warren en 1868, Ernst Sellin de 1907 a 1911, John Garstang de 1929 a 1936 y por Kathleen Kenyon de 1952 a 1958. Fue Garstang quien descubrió la evidencia de los muros caidos de dentro hacia afuera. Sus fundamentos no habían sido minados, sino que debieron ser derrumbados por un potente temblor de tierra. También había evidencia de un violento incendio de la ciudad. Garstang consultó con tres de los principales arqueólogos y expertos en alfarería de toda Palestina: Pere Vincent, Clarence S. Fisher y Alan Rowe. Cuando estas autoridades examinaron con detenimiento y por separado la cerámica, las ruinas carbonizadas y los muros caidos, firmaron declaraciones confirmando la fecha de 1400 a.C

Esta fecha corresponde, según las Escrituras, cuando Dios ordenó a los hombre de Josué que fueran dando vueltas a la ciuda de Jericó una vez por dia, durante seis dias consecutivos. En medio de los soldados, los sacerdotes portaban el arca del pacto, precedida de siete sacerdotes tocando bocinas. El séptimo dia dieron siete veces la vuelta a la ciudad; al final de la séptima vuelta, mientras resonaba el toque prolongado de las bocinas, el ejército rompió en un fuerte clamor, las murallas se derrumbaron, y los israelitas penetraron en la ciudad (Josué 6).

Al comienzo del reinado de Herodes, los romanos saquearon Jericó (Antigüedades 14:15, 3). Después Herodes la embelleció, construyendo un palacio y levantó una ciudadela llamada Cipro (Antigüedades 16:5, 2; 17:13, 1; Guerras 121, 4, 9).

La parábola del Buen Samaritano se sitúa sobre el camino de Jerusalén a Jericó:

“Un intérprete de la Ley se levantó y dijo, para probarlo: –Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo:   –¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Aquel, respondiendo, dijo: –Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Le dijo: –Bien has respondido; haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: –¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: –Un hombre que descendía de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y al verlo pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verlo pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino, vino cerca de él y, al verlo, fue movido a misericordia. Acercándose, vendó sus heridas echándoles aceite y vino, lo puso en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Otro día, al partir, sacó dos denarios, los dio al mesonero y le dijo: “Cuídamelo, y todo lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando regrese”. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: –El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: –Ve y haz tú lo mismo”. (Lucas 10:25-37)

La curación del ciego Bartimeo y de su compañero tuvo lugar en el camino de Jericó:

“Al salir ellos de Jericó, lo seguía una gran multitud. Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: –¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! La gente los reprendía para que callaran, pero ellos clamaban más, diciendo: –¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! Jesús, deteniéndose, los llamó y les dijo: –¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: –Señor, que sean abiertos nuestros ojos. Entonces Jesús, sintiendo compasión, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista y lo siguieron”. (Mateo 20:29-34 ; Lc 18.35-43)

Zaqueo, a quién Jesús llamó para hospedarse en su casa y darle la salvación, moraba en Jericó:

“abiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y, corriendo delante, se subió a un sicómoro para verlo, porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba lo vio, y le dijo: –Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me hospede en tu casa. Entonces él descendió aprisa y lo recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a hospedarse en casa de un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: –Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: –Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. (Lucas 19:1-10)

En la epístola a los Hebreos, el autor también hace mención a la ciudad de Jericó:

“Por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días”. (Hebreos 11:30)